Riquelme fue una pesadilla para los jugadores del Valladolid en todo el partido. / Avelino Gómez

El Mirandés lo puso todo menos el gol

Fue superior al rival, pero se topó hasta en tres ocasiones con los postes y con el portero Masip, el mejor del Valladolid

ÁNGEL GARRAZA

Demasiado castigo. Una derrota inmerecida, pero lo que vale es el gol y el Mirandés no vio puerta en todo el encuentro a pesar de que lo intentó y que lo mereció. El 0-1 final no reflejó lo que se vio sobre el césped. Daba la sensación de que el que se jugaba el ascenso era el cuadro rojillo, que gozó de numerosas ocasiones, que no concretó. El Valladolid apenas tuvo un par de acercamientos en todo el encuentro. Uno de ellos fue el del gol, que le sirvió, tras un fallo en la salida de balón del Mirandés, para sumar tres puntos fundamentales en su carrera por lograr el ascenso directo.

Que un equipo como el pucelano, que se caracteriza por su fútbol ofensivo, no en vano se presentó en Miranda como el máximo goleador de Segunda División, se vea obligado a tirar de faltas, tarjetas, pérdidas de tiempo y, en la recta final del choque, de cinco defensas, tres de ellos centrales, lo dice todo. Solo había que ver cómo celebraron los futbolistas blanquiazules el triunfo sobre el césped una vez acabado el partido. Exhaustos, unos cuantos se tumbaron y otros se arrodillaban en señal de alegría exteriorizando el enorme sufrimiento por el que habían pasado para llevarse la victoria ante un Mirandés que fue muy superior durante 75 minutos.

El conjunto de Pacheta supo aguantar el marcador, tiró de veteranía, intentó dormir el choque y retrasar la puesta en juego del balón. Le salió bien ante un bloque local que se pareció al de los últimos meses no al de Lezama. Con un Riquelme estelar, los blanquivioletas se vieron impotentes para detener al mediapunta.

El Mirandés, eso sí, empezó con una marcha menos que su rival, lo que provocó que Aguado, en el minuto 3, adelantara al Pucela tras el único fallo en todo el choque de Meseguer. Después, firmó un notable partido. El golpe lo notó el conjunto rojillo, que estuvo unos minutos fuera de un duelo bajo control, en esos instantes iniciales, del candidato al ascenso.

Poco a poco, a partir del primer cuarto de hora, el Mirandés se fue soltando. Por medio de transiciones o en juego más posicional comenzó a llegar con profusión al área de Masip. Salía con facilidad y criterio de la tímida presión, sin apenas convicción, que ejercía el contrario.

Así es como se sucedieron las oportunidades: los tres balones enviados a la madera por Brugué (dos) y Riquelme en la primera media hora, la rosca de Camello, que obligó al portero a lucirse, otro cabezazo que el punta no concretó, un chut de Brugué, que se marchó fuera por poco... Los rojillos no merecían ir perdiendo. Salvo los primeros minutos, habían sido muy superiores a los blanquivioletas.

El segundo periodo fue un calco, en sus inicios, del primero. Apenas diez minutos de dominio foráneo y, a partir de ahí, acoso y derribo de los jabatos, aunque con menos claridad.

Riquelme tiró flojo en otra llegada. Una magnífica asistencia de Camello a Vicente, dejó solo al '10', pero su chut fue rechazado por el guardameta rival, muy seguro durante toda la tarde.

Fue su última intervención porque el de Derio acabó siendo reemplazado por Hassan a falta de media hora para el final. Pacheta, mientras tanto, no las tenía todas consigo. Veía que los locales llegaban mucho. Sus modificaciones tuvieron un talante más defensivo al entrar un central, El Yamiq, y retirarse Roque Mesa.

Los de Pacheta no salían de su campo. Querían que no pasara mucho sobre el césped y el Mirandés, todo lo contrario. Entre tanto, dese la grada se reclamó con insistencia un posible penalti cometido sobre Hassan. Ni siquiera el árbitro fue avisado desde el VAR para revisarlo.

Etxeberria dio entrada en la recta final a Agirre para ver si el delantero podía aprovechar algún remate, pero ya no hubo más. Solo una derrota inmerecida.