El filial también está obligado a reinventar el equipo tras no ascender a Segunda RFEF

A. G.

Es una situación que se extiende al Mirandés B, que volverá a competir en el Grupo VIII de Tercera RFEF. Si el primer equipo debe configurar cada verano prácticamente una plantilla nueva al incorporar más de una quincena de jugadores, el filial está obligado a seguir el mismo camino. En su caso, porque no logró ascender a SegundaRFEF, lo que se traduce en que sus efectivos más relevantes estén cambiando de aires al no garantizárseles su presencia en el primer conjunto rojillo.

Los centrocampistas Olguín (UDLogroñés) y Cherta (Penya), los defensas Víctor Sanchís (Teruel), Manrique (Ebro) y Ayerdi (Izarra) o el portero Aritz (tiene un acuerdo con el Portugalete tras ser el tercer meta del primer equipo) son algunos de los que ya han confirmado que han encontrado destino, casi todos en categoría superior, al producirse una desbandada generalizada tras quedarse a las puertas de subir con el filial mirandesista al caer en la final autonómica por el ascenso frente al Tordesillas.

Y es que consideran que la Tercera RFEF, la quinta categoría del fútbol español –una Regional más potente que antes o una Tercera más floja, según se mire– se les queda pequeña después de haber jugado en el Mirandés B, y de haber debutado, en algunos casos, con el primer equipo en Segunda División: en la Liga y, asimismo, en la Copa.

La cuestión es que el salto sigue siendo muy grande. Pasar de la quinta división a la segunda, ya en el fútbol profesional, es una diferencia que salvo para completar entrenamientos y convocatorias en momentos puntuales –como ha ocurrido a causa del coronavirus–, impide que haya jugadores del filial en el equipo de Anduva. De forma permanente. Real. De hecho, no se ha dado más allá del debut de algunos jugadores, la mayoría de carácter anecdótico en liga, y de concederles minutos en las primeras eliminatorias coperas.